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Dos extraños

Se querían tanto que incluso sus abrazos parecían una eternidad aunque duraran solo segundos. No podían vivir el uno sin el otro y sin embargo, parecía que la vida nunca los había querido ver juntos, completamente juntos.

Se perdían entre las calles y transitaban a oscuras, a través de los silencios en los que todo entendían sin siquiera tener que mirarse. Por las yemas de sus dedos podían decirse tantas cosas!

Solo tomados de las manos, a oscuras, podían entender y conocer muchas cosas sobre cada uno, sobre el mundo y la vida misma; sus miedos e intimidad se derivaban de un simple gesto de manos, un apretón del que nadie era testigo.

La intimidad les sentaba bien, eran pocas las veces en las que tenían el placer de gozar con esta, pero cuando lo hacían, el mundo desaparecía, casi por completo, tras aquel pequeño gesto de cortesía.

Las palabras sobraban, cuando el corazón era el que hablaba. Los afectos, el cariño, la tristeza de no estar juntos, no era demostrable sino a través de sus miradas, de sus guiños, de su piel.

Irremediablemente sabían que no iba a durar y el sentimiento que seguía tras aquel encuentro parecía más al que le sigue a una tragedia que al gozo y la dicha de volver a ver a la persona amada. Sabían que no se volverían a ver, por eso aprovechaban cada momento en que el error acompañaba esta predestinación y se tentaban de nuevo, se dejaban llevar, pese a la pena de tener que volverse a separar y de nuevo no volver a verse nunca más.

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